Inéditos
Yo no tengo puerta, dijo
Por: Tununa Mercado
Fecha: 20/08/2004

Espacio íntimo. Espacio interior. Uno le hace lugar al otro, lo íntimo circunscribe, crea las condiciones para esa inmersión que supone la interioridad, como si lo íntimo tuviera que ver más con el cuerpo y sus demandas de dolor o de placer y lo interior se alojara en esa intimidad, puertas muy adentro. "La naturaleza íntima de la materia", "la índole íntima del ser" son expresiones que oímos y leemos nunca hasta el cansancio, porque esa dimensión tan explorada como inalcanzable es el primer trazo, la articulación primaria, siempre inaugural, de cualquier acto. Una noche, pensando en el título de esta mesa, Intimidad de la literatura, las imágenes de esa categoría, lo íntimo, salían una tras otra como una constelación que parecía iluminar con ideas muy plásticas y concretas lo que una confusa metafísica había ocultado en sus repliegues hasta ese momento. Suele suceder: hay quienes cuentan que por la noche siguen escribiendo el libro que estaban leyendo unos minutos antes de dormirse; o quienes confían, mientras acumulan ideas, en que basta con encender la luz, tomar el lápiz y anotarlas, para fijar el desborde de lucidez que les parece haber alcanzado y tornarlo realidad escrita; otros que hasta conciben el poema en el propio sueño, el poema “soñado”, y que pueden recordarlo al despertar, sin prever que ni el mejor sueño garantiza la gracia de la poesía. Esa noche creí haberme sumergido en esa naturaleza de lo íntimo pero no extraje al despertar ningún atributo palpable. Lo que me había pasado se desleía hasta desaparecer.

Esa asociación irrecuperable que se desgranó tan pródiga para luego cerrarse con tanta avaricia, es ahora apenas una palpitación. Y, sin embargo, dicta, sin establecer todavía los estatutos de la vigilia que van a regirla. ¿Quiénes son los íntimos que van a estar en la cena a la que estamos invitados para gozar de una mesa exclusiva? ¿Con quienes iremos a la boda restringida que ahuyenta a los colados, o al funeral sólo para exclusivos, cuando no se quiere expandir la muerte más allá de un círculo áulico? Son los elegidos para celebrar el intercambio de una moneda cuyo valor no se puede calcular porque es entrañable. Ser el íntimo del otro o reconocer al otro como un íntimo, un carnal, es una distinción. Sólo la menosprecian los traidores.

Hace unos quince años mantuve un diálogo casi cotidiano con un hombre que vivía en la plaza. Fue una experiencia fuerte, que se convirtió en un capítulo escrito. De pronto él desapareció de los lugares que frecuentaba y cesó la rutina de esos encuentros en los que creí llegar hasta el meollo de su intemperie o, mejor dicho, a los efectos que provocaba en mí su soledad desafiante en medio de la multitud. Dejó la plaza porque sintió el peligro del fuego: que alguien le arrojara un fósforo encendido debajo del banco o en el plástico que lo cubría por las noches. Pero él no se había hecho humo y finalmente lo encontré vagando por las calles, dispuesto a estacionarse donde lo ganara el cansancio o el sueño, remiso a conversar, elusivo, casi descortés. Una tarde en la que Argentina le había ganado a Alemania en un Mundial, cuando se empezaban a escuchar los bocinazos del festejo por la Avenida Córdoba, mientras las calles hacia Corrientes estaban muertas, salí para llegar hasta el borde donde empezaba el estruendo. En la entrada de la escuela Rodríguez Peña, a oscuras, estaba Andrés. Supe que aparezco en un libro suyo, me dijo. Así es, estaba esperando encontrarlo para dárselo. Y de pronto surgió mi reclamo: No pude decírselo porque usted me ha eludido todas las veces que me lo crucé. Creía que estaba disgustado conmigo. Su respuesta fue como una flecha que me trastornó, que me llegó a lo más íntimo de mi corazón. "Usted tiene que entender: yo no tengo puerta".

Preservaba su intimidad, y el mundanal que lo rodeaba hería su decisión de aislamiento, los otros, tan mentados otros que parecieran garantizar la vida comunitaria, con sus bienes y sus dádivas, se metían en ese espacio suyo, que se movía con él, trashumante sin puertas. Y él los ahuyentaba. Nadie con más intimidad que el que puede contenerla en su propio cuerpo, el íntimo puro y total que no necesita trasponer ningún umbral porque él mismo es la casa que lo alberga y simultáneamente el huésped.

La vida de la literatura transcurre en recintos cerrados. El escritor puede escribir en la plaza, en el bar, junto a un puente o un río, con dificultad en el colectivo, más fácilmente en el tren o en el avión. Sin embargo, aunque ese exterior animado por diversas voces le grite al oído, estará escribiendo en una instancia íntima que, sin embargo, no podría jurar que le pertenece porque desconoce sus fronteras, y si se esforzara en circunscribirla, terminaría por serle ajena e irreconocible, aun cuando la escritura pretenda ponerla en evidencia; tan ajena e invisible como el cuerpo visceral que solamente el placer o el dolor delatan. Porque, la verdad, no hay nadie que sepa cómo es esa intimidad, qué elementos se conjugan en ella para dar lugar al escribir, qué partes íntimas forman parte de esa "fábrica" temible que produce signos, más allá de cuyos tabiques se extendería, tal vez, ese vasto territorio del inconsciente, cuya topografía accidentada los seres humanos pretendemos reconocer, y cuyas manifestaciones directas o cifradas nos asedian y nos rompen la cabeza.

Aun Andrés, consubstanciado consigo mismo, padece al Otro o a los otros, con mayúscula o minúscula, esa sumatoria multitudinaria e incesante que descentra al sujeto y vulnera su espacio interior. Si se registrara la merma permanente de intimidad que se produce minuto a minuto cuando se está en la tarea de escribir, el trazado se mostraría titubeante y entrecortado, cada vez más débil, como si lo real se colgara de esa cuerda y la hiciera descender por demasía de peso cada vez que remonta altura o vuelo, o cada vez que pretende, la cuerda, vibrar o sacudirse como una polea desatada en busca de la energía para dar forma. Lo real, sin embargo, en esta fenomenología doméstica que quiero describir, no sería la dura, extremosa realidad que nos obliga a salir de la cápsula interior, sino el interior mismo de la forma que se gesta y para cuya ejecución estamos presuntamente dotados. La forma sufre el asedio de imposiciones adquiridas, que han quebrado la espontaneidad de lo íntimo, y que van más allá de las obligaciones de la ética social o política, cuyo poder de interferencia es ineludible. Las imposiciones literarias son de estructura, de molde, en los cuales la materia habrá de fraguarse, y operan como mandatos cuyo cumplimiento autoriza a portar una credencial de entrada a la literatura. Lo íntimo, tan laboriosamente amasado, se extima, sale al exterior, compelido por la necesidad de pertenecer a un orden y, cuanto más, se traslucirá la huella de su gestación, muy detrás, antes de la emergencia del resguardo de pertenencia y de norma que exige el objeto libro, el anaquel libro, la casa libro, la cárcel libro. Es esa huella la que percibe el lector, la que rastrea el crítico, es allí donde se encontrará la clave del proceso y el sentido de lo escrito. Extraerla no es sólo el resultado de una búsqueda para sí, para el que lee o interpreta, sino un desvelamiento para quien le dio forma al escribirla. Escribir es quemar intimidad; leer es recibir lo íntimo recuperado en una versión confiable, que restituye el texto y lo devuelve al que le dio forma, el espectral autor.

En Pretexto Mozart, el último libro de Liliana Heer, hay un amante furtivo que burla los controles para entrar en la casa y en la mujer de su patrón, se lo llama Pata de bolsa porque así disimula sus pisadas. No hay bolsas para calzarse si se quieren borrar los pasos de una escritura. En el relato más objetivo, con mayores recursos realistas o miméticos de lo real circundante, o en el que se cree prestar la voz para que el prójimo pueda narrar, e incluso en el que recoge un testimonio y lo transcribe, habrá una huella de origen. Estará en la disposición de las líneas del texto, en la manera de espaciar, en los silencios de la puntuación, en los blancos y hasta en los errores y las erratas. Sin contar con la materia misma narrada, que seguramente ha sufrido numerosos trastornos al salir de la memoria, de la invención o, para volver a decirlo: de las relaciones íntimas del sujeto y la palabra, siendo la palabra el Otro por antonomasia.

Lo íntimo es como el hervor intenso y quemante de la pasión inconfesada, del ritual secreto. Pero la condición para que salga a la superficie es el recato. Tiene su pudor, no está dispuesto a la confidencia ni al chisme. Quiere ser permanente latido en la forma que configura al surgir. Nunca borbotón. No. Ni su concesión a articularse como escritura y eventualmente como literatura tiene que llevarlo a tergiversarse. La estructura que va a contenerlo tiene que estar a su disposición. No se puede andar revelando sus trasfondos urbi et orbe, ni someterlo por una decisión de estilo o de poética. Necesita que le platiquen… para no ahuyentar la fecundidad de su soplo.

Cuando se negocia con él su extimación o externación hay que ir con pies de plomo. En mi experiencia, no hay nada más remiso a cambiar de nivel, desde el interior al exterior, que lo íntimo. Como decía antes, y en esto el carácter de la apelación es semejante a la que concierne a la intimidad del cuerpo, aunque en sentido inverso: a éste le costará la desnudez, a aquél le costará ser vestido e investido por la escritura. Basta probar: busquen “lo más recóndito del ser”, esfuércense, llámenlo con cualquier señuelo, traten de captar la señal de una imagen o de un sonido que dé cuenta de ese estrato denso, ramificado, que vira y gira sin dejarse poseer, que se escamotea a quien lo quiere inteligir para extraerle materia, tensión, sentido o como se llame esa dimensión convocante de la escritura. Y verán y sentirán que cuanto más densa más inasible será esa cosa, y percibirán con cuanta habilidad sus núcleos estallarán en el momento en que se creía haberlos extraído para la buena causa del texto. Es cierto que este escamoteo puede no ser definitivo porque si alguna vez se advirtió que esa masa podía transformarse, es porque emitió la señal de su disponibilidad. Si se presenta árida, una intimidad árida, confundida con los sueños, esos malévolos que espantan con sus espectros, mejor no arar ni labrar. Si, además, la norma está obligando a encajar esa intimidad apenas dispuesta a dejarse tocar, en un modelo prefigurado, ya sea un género cualquiera, cuento, novela, poema, o ya sea una posición dictada por el buen pensar y el buen obrar, es muy probable que haya una reversión del haber íntimo disponible y que tengamos que habérnosla con la nada lisa, chata, renuente a dejarse modular y modelar, con una latencia de sentido peligrosamente débil. Me parece que estoy llegando a ese punto y que lo íntimo dio de sí lo que pudo para esta circunstancia.

[Al releer este texto antes de imprimirlo, me doy cuenta de que el título de la mesa era Literatura e intimidad. Es tarde para corregir el rumbo que por alguna razón me llevó a los cerros de Úbeda].

* "Yo no tengo puerta, dijo", leído por la autora en el "IV Congreso Internacional de Teoría y Crítica Literaria". UNR, Rosario, 18 al 20 de agosto de 2004.

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