Prensa
La ilusión de los libros
Por: Graciela Batticuore
Fecha: 15/12/2003

Novelas, bibliotecas, lectores y lectoras imaginadas o reales, críticos ocupados en erigir o destronar clásicos, censuras impuestas con rigor por los controladores de la salud del pueblo son algunos de los objetos y referencias más prominentes en este libro de Susana Zanetti, que desde su título nos habla de una experiencia sin dudas conocida y compartida: la pasión por la lectura, el dulce goce de arrojarse a ella para salvarse del tedio, para sucumbir en el miedo o para saber de otras vidas y otros destinos que habitan entre papeles y han existido quizá en el pasado, o bien para evocar en el libro las sensaciones aprendidas en el mundo real. A lo largo de sus casi 450 páginas LA DORADA GARRA DE LA LECTURA jamás olvida restablecer y subrayar los vínculos entre vida y literatura, esas dos dimensiones entre las que se mueven con ahínco los autores, lectores, los críticos y los editores. Cabe señalar que Susana Zanetti conoce bien cada una de esos roles que se hacen visibles o se ponen de manifiesto de vez en cuando en las páginas del libro, recordándonos los parentescos y proximidades que los ligan. Me refiero al modo como nos asalta cada tanto la voz de la lectora debajo de la pluma de la autora, por ejemplo cuando en la página 188 afirma: ?tengo en mis manos un ejemplar de LAS TARDES DE LA GRANJA o LAS LECCIONES DEL PADRE, editado entonces por Garnier en París?. O bien cuando en la dedicatoria inicial ?al profesor Gregorio Weinberg en gratitud por la colección el Pasado Argentino? asistimos al reconocimiento de una autora genuinamente agradecida a quienes la precedieron en el camino y le regalaron la dicha de otros libros leídos con placer y que formaron a una generación. Finalmente, la remisión a su propia experiencia como editora también se hace lugar entre estas páginas para señalar el momento o la etapa en la que parecen haberse gestado algunas de las primeras reflexiones y preguntas que a lo largo de muchos años fueron amasando el deseo y la realización de este libro. Dice Zanetti: ?Trabajé en Eudeba y en el Centro Editor de América Latina, en las colecciones populares de literatura argentina e hispanoamericana. Contribuimos, creo, a la conformación del público lector de las últimas décadas. Cuando dirigía la colección Las Nuevas Propuestas, continuación de la Biblioteca Argentina Fundamental que acompañaba la segunda edición de Capítulo. Historia de la literatura argentina, a mi cargo, recuerdo que se me iba la vida en lograr una nueva edición de Muerte y tansfiguración del Martín Fierro de Martínez Estrada, para dar un ejemplo entre muchos otros, y siempre me ha quedado flotando una pregunta sin respuesta: ¿Qué sabía yo de los deseos del público? Tratando de desbrozar apenas el problema escribí este libro? (:18, el subrayado es mío).

Incrustada en una nota al pie del prólogo, este comentario se asoma sin dudas como una suerte de confesión autobiográfica que viene a explicar las razones y motivaciones del libro, cuya inquietud inicial habría nacido al calor de otro oficio (el de editora), pero de una misma y auténtica curiosidad intelectual que apuntala ahora a la ensayista. Se trata de saber, de conocer al público, a los diversos, heterogéneos y cambiantes públicos que junto con los escritores han ayudado y ayudan a conformar los índices de las literaturas nacionales y americana entre fines del siglo XVIII y el XX, período en el que se concentra este estudio sobre la lectura y los lectores en América Latina (desde Alonso Carrió de la Vandera, pasando por Sarmiento o Jorge Isaac hasta Teresa de la Parra, Lima Barreto, José Emilio Pacheco o Armonía Somers, por nombrar sólo a algunos de los lectores-autores que conforman el índice del libro). Se trata entonces de saber y conocer acerca de sus configuraciones y deseos, aunque también ?y esto puede adivinarse a lo largo de sus páginas- LA DORADA GARRA desbroza una necesidad compartida con tantos otros escritores: la de atrapar y conquistar a esos lectores que, como también advierte Zanetti en el prólogo, están rondando siempre como fantasmas en la imaginación de los escritores: ?Las escenas lo muestran leyendo y así perfilan sus poses y sus gestos, sus ansiedades y las entregas imaginarias que aquietan al otro, aun más extraño ? el público. Tratan de diluir el peligro del lector aburrido o incrédulo (...) mediante la representación de alguien que lee una novela inmerso en ese mundo de placer que, por añadidura, puede musitarle cómo entender el propio? (: 13).
Mirar en los libros a otros lectores imaginarios para conjurar el miedo al rechazo pero también para buscar en sus semblanzas alguna respuesta que nos devuelva un saber acerca de nosotros mismos es parte de la apuesta. De un lado entonces, el libro de Susana Zanetti es riguroso en su afán de reconstruir los escenarios, las poses, los avatares de la lectura que transforman o han transformado en clásicos a una cantidad de libros (como es el caso de MARÍA de Jorge Isaac, a la cual LA DORADA GARRA dedica dos excelentes capítulos); riguroso también en reconstruir el contexto sociocultural y los actores que permiten leer y entender la relevancia de las opiniones y deseos de una corresponsal cuyas cartas habían caído en el olvido hasta que unos investigadores tardíos llegaron a ellas ( y es este el caso de las cartas de la chilena Carmen Arriagada al pintor Rugendas). Digo entonces que LA DORADA GARRA es riguroso y es vehemente en su afán de reconstruir escenarios y desmontar la formación de tradiciones literarias, valiéndose de índices de alfabetización, inventarios, bibliotecas, libros que se han embarcado antes en el estudio de otros problemas o enfoques parciales sobre la historia cultural, la historia literaria y la historia del libro en los diversos países de América Latina. En diálogo y contraste con ellos, la perspectiva de este libro es notablemente abarcadora e incisiva, única en este sentido hasta el momento, ofreciendo un aporte latinoamericanista a los estudios y la bibliografía sobre el libro y la lectura en el mundo occidental. Al respecto, es preciso subrayar y elogiar el esfuerzo de la autora por moverse con soltura entre datos y problemas inherentes a culturas y sociedades tan heterogéneas y disímiles, así como el esfuerzo por establecer un diálogo fluido y productivo con otros críticos e interlocutores americanos que la precedieron o la acompañan en la tarea. Creo que es notable el modo como Zanetti logra integrar a su propio análisis y no saltearse se diría que ninguna de las muchas otras miradas y opiniones previas sobre el corpus y los asuntos que competen a este libro, en un gesto que a mi entender demuestra no sólo la erudición sino el respeto de esta autora por los trabajos ajenos y con ellos por la comunidad crítica latinoamericana.
Pero además del rigor en la perspectiva crítica y la investigación, hay que agregar que LA DORADA GARRA... trata de capturar también aquéllos mundos de placer evocados en el prólogo, esos mundos en los que se sumergen arrobados los lectores cuando caen absortos entre las páginas de un libro con el que lloran o son felices por un rato, enferman de emoción o incluso llegan a tener sueños fantásticos y peligrosos para la mirada de algunos autores o críticos, más preocupados por la educación moral que por la literatura. Como sucede en aquél sueño analizado por Zannetti en el capítulo 6 cuando se refiere a Raselda, la protagonista de LA MAESTRA NORMAL de Galvez, que lee apasionadamente, una y otra vez la novela de Jorge Isaac y por la noche sueña con otra heroína de unos amores desgraciadísimos que termina sus días devorada por los tigres en una selva fantástica. ?Tigres de papel? denomina Zanetti a este pasaje de su análisis, para referirse precisamente a esos monstruos que no sólo acechan desde las páginas del libro a los lectores (imaginarios o reales) que sueñan con ellos sino que habitan en las mentes y los prejuicios de los escritores de distintas épocas que se erigen de pronto en censores o controladores de la lectura ajena (a menudo, la de las mujeres), alertando a su público o la inconveniencia de ciertos libros y formas de leerlos.

Son esos los enemigos de la lectura intensiva, es decir de la lectura casi devota y consagrada a unas pocas obras releídas con fervor; enemigos también de la lectura a solas y en voz baja, concebida y proyectada ? como señala Marcel Proust en un bellísimo ensayo sobre la lectura- como un acto creativo que despierta en el lector o la lectora la seducción y el ansia por la escritura. Autores que están del otro lado de la lectura practicada como una ?cacería furtiva?, esa que se vive en secreto, a veces en clandestinidad, liberada de todas las ataduras y a la que se refiere Michel de Certaud cuando habla de la lectura fuera del control y fuera del programa de las instituciones escolares o de cualquier tipo. Autores (y censores) todos, alejados también del ansia de un Sarmiento o un Lizardi, que en pleno siglo XIX se pronuncian a favor de la lectura amenazante de las novelas y los folletines populares, dispuestos a tomar cualquier riesgo con tal de atrapar a los lectores y sumarlos a la causa de la modernización. También a ellos se refiere el libro de Susana Zanetti cuando en el capítulo 3 y el 4 se detiene especialmente en las modalidades y las peripecias de la lectura en el siglo XIX y cuando desmonta las problemáticas que enlazan la trama entre ?modelos extanjeros? y ?literaturas nacionales?.

Pero sin dudas ningún capítulo va tan lejos como el 7 - titulado ?Un archivo? - en su afán de apostar a lo que la autora da en llamar la ?ficcionalización de la lectura?, como uno de los procedimientos más frecuentes de los escritores cuando desean retratar, reflexionar y a veces criticar las relaciones entre lectores y libros en una épóca dada. En este capítulo dedicado a emular la voz de quien fuera quizá uno de los más fervientes lectores, archivistas, también uno de los primeros críticos argentinos del siglo XIX ?me refiero a Juan María Gutiérrez ? la ensayista se deja llevar por el entusiasmo de una lectura gozosa, lúdica, íntima, creativa. Se mete sin reparos en los pliegues de la ficción, para mostrarnos desde adentro los diálogos, las ilusiones o las competencias de un grupo de lectores y escritores que formaron parte de la primera generación de románticos argentinos. En este capítulo la ficcionalización de la voz (y con ella el archivo) de Juan María Gutiérrez se presenta como una forma tan válida y tan validada aquí como el análisis literario, de conocer, de aprehender y transmitir lo que se sabe acerca de ese pasado cultural y sus actores.

Quiero decir que, por una parte, el gesto me recuerda los recursos de otros lenguajes como el cine o el videoclip cuando muestran a los personajes saliendo o entrando de la pantalla para aventurarse junto a sus héroes en ese mundo que los ha cautivado por completo. Desde luego, el recurso está presente también en la literatura y basta recordar por ejemplo un clásico cuento de Cortázar donde los lectores de ficción se convocan interminablemente como en un sueño borgeano: hablo de ?Continuidad de los parques?. Pero desde otro ángulo muy diverso, la ficcionalización de la voz y el archivo de Gutiérrez me recuerda también una advertencia de Hyden White en el prólogo de Metahistoria, cuando hace referencia a la imaginación poética del historiador: ? Para figurarse ?lo que realmente ocurrió? en el pasado ?dice White ? el historiador tiene que prefigurar como posible objeto de conocimiento todo el conjunto de sucesos registrado en los documentos. Este acto prefigurativo es poético en la medida en que es precognoscitivo y precrítico en la economía de la propia conciencia del historiador. También es poético en la medida en que es constitutivo de la estructura que posteriormente será imaginada en el modelo verbal ofrecido por el historiador como representación y explicación de ?lo que ocurrió realmente? en el pasado? (: 40).
Me pregunto de qué otra cosa habla este pasaje sino del deseo del historiador por atrapar su objeto. Un deseo que precede a los libros pero que en todos los casos lleva hacia ellos (ya sea para ir a leer o a escribir en sus páginas acerca de ese pasado imaginado por un sujeto que habita en el presente). En este sentido, la cita de White bien puede resumirse en otra mucho más breve que evidentemente la inspira, elegida por él mismo como epígrafe de su libro: ?Sólo se puede estudiar lo que antes se ha soñado?, dice Gastón Bachelard, lo cual me reenvía ahora al libro de Zanetti, que se preguntó primero y seguramente prefiguró las problemáticas que envuelven el público, la lectura y la autoría; luego estudió, investigó y finalmente reconstruyó escenarios culturales a través de la escritura, confiando también un espacio para la ficcionalización del archivo en el interior de su libro.

Digamos así que la imaginación histórica y también la imaginación crítica se presentan como una forma de proximidad y acceso al conocimiento de un objeto determinado (sea este relativo a la historia o a la literatura); una forma también de transmitir lo que se sabe y se ha aprehendido o bien lo que se sospecha acerca de él. Sin duda es esa brújula del deseo y las ensoñaciones del lector una de las formas más productivas de llegar al público.

Demostrando entonces que también la lectura crítica puede ser sino intensiva al menos sí intensa, aquí Susana logra entrar y salir del archivo Gutiérrez sembrando en otros lectores el aguijón de la curiosidad y las ganas de ir a leer o a releer (para quienes lo hayan hecho antes) las cartas de aquéllos exiliados del rosismo peregrinos por América a mediados del siglo XIX, que en su deambular fuera de la patria buscaban en la escritura epistolar el espacio de una sociabilidad perdida o vapuleada por el destierro, para intercambiar debates, proyectos, reflexiones y discusiones sobre el futuro de la patria y de las letras nacionales.

No por casualidad este capítulo es la antesala de otro dedicado a las bibliotecas: las reales (como las de Río de Janeiro, inaugurada en 1904) y las imaginarias como aquélla donde Silvio Astier entró a robar libros y se quedó con un ejemplar emblemático de LAS FLORES DEL MAL de Baudelaire. Zanetti coteja y analiza ambas, en el marco de la constitución de imaginarios nacionales y de alianzas o traiciones entre la academia y el mercado, en pos de la consagración o la baja de libros y autores canónicos a comienzos de siglo XX. Es en este otro capítulo sobre las bibliotecas donde la autora inserta otra cita en la que quiero detenerme para terminar. Se trata ahora de una cita de Michele Foucault que dice así: ?Para soñar, no hay que cerrar los ojos, hay que leer. Lo imaginario no se constituye contra lo real para negarlo o compensarlo; se extiende entre los signos, de libro a libro, en el intersticio de las reiteraciones y los comentarios; nace y se forma en el intervalo de los textos. Es un fenómeno de biblioteca?

Creo que LA DORADA GARRA... deposita una enorme confianza en este poder riquísimo de los sueños del lector que, de lectura en lectura, va gestando el ansia de su propio libro.
Es posible pensar en este sentido ? y creo coincidir en este con el libro de Zanetti ? que la crítica nace de ese deseo solitario y casi secreto del lector, anclado en algo casi siempre muy real y a veces desconocido, que suele anidar en los imaginarios colectivos y que la escritura busca atrapar en la materialidad y el lenguaje de los signos. ¿Cómo se gestan los clásicos, cómo se los lee a lo largo del tiempo y cómo participan esas lecturas ?en muchos casos provenientes de la crítica ? en la consagración de un texto representativo de la historia nacional? ¿Cómo se han producido en América las transformaciones culturales que acompañaron el despertar de las repúblicas y más tarde su ingreso a la modernización? Y en este sentido: ¿cuál es la incidencia que tienen los libros o que buscan sus autores en ese proceso? Y por último, ¿cómo se pasa de la lectura a la autoría y en base a qué sueños e ideales se perfilan los retratos y los autoretratos de los escritores o las escritoras de épocas y localidades diversas? Son estos algunos de los muchos interrogantes y reflexiones que desgaja, como a un fruto lerdamente saboreado, este libro sobre las lecturas y los lectores en Latinoamérica.

Presentación en Buenos Aires, Un gallo para Esculapio, 31 de octubre 2002.
Publicado en Espacios, de crítica y producción. Publicación de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. Nº 30, Noviembre-diciembre 2003.

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