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Presentación de "La dorada garra de la lectura" de Susana Zanetti
Por: Mónica Bernabé
Fecha: 15/08/2002

La tensión dialéctica entre narración y novela permite a Walter Benjamin construir una constelación crítica que determina, al menos, dos figuras de lectura. Una, primordial y arcaica, es la de la comunidad de oyentes reunida para escuchar el relato venido de lejos y de boca en boca. Otra, moderna y burguesa, se resuelve en la pose de una lectora/un lector que, en soledad, sostiene un libro en la mano. Lo que separa a las dos modalidades de lectura es su relación esencial con el libro.

El relato que se oye está teñido, en ocasiones, de un sesgo autobiográfico. El mismo Walter Benjamin se remonta a su infancia en Berlín, más precisamente, a aquellos días de enfermedad, memorables por el cuidado maternal y la cena servida en la cama. En las historias oídas durante la niñez, cuando las caricias de una madre se pliegan al ritmo del relato, el arte de narrar aproxima voz, mano y saber. De este modo, la "vida vivida" circula entre narrador y oyente, transmitida en forma de experiencia, es decir, de saber comunicable.

Otra es la trama que dibujan cuerpo y lectura cuando se leen novelas. A diferencia de la participación comunitaria que experimenta el que oye un relato, el lector de novelas, está a solas. Lo está mucho más que cualquier otro lector, puesto que incluso quien lee un poema está dispuesto a darle su voz. Como contrapartida del arte de narrar, la novela es un modo de experimentar por delegación: "Lo que atrae al lector a la novela -dice Benjamin- es la esperanza de poder abrigar su propia vida tiritante frente a la muerte sobre la cual lee".

Si bien es cierto que el lector de novelas sustrae su cuerpo de la experiencia de vida, no dejamos de advertir su "tiritar", el estremecimiento del cuerpo que tiembla "agarrado" de un libro. Tal vez pensando en esa conexión, la de la mano y el libro, Susana Zanetti eligió el título de su libro. Quizás, también, la garra de la lectura sea dorada para señalarnos la condición aquilatada, tesórea -diría Vallejo-, de tan férrea sujeción.

En los doce capítulos que conforman su libro, Zanetti desgrana múltiples figuras de lectoras y de lectores y argumenta a partir de la variedad de pactos de lectura existentes en el seno de las comunidades lectoras latinoamericanas. También distingue entre diferentes protocolos de lectura y sus escenificaciones en una serie de novelas que proyectan imágenes de sus lectores ideales.

¿Para qué se lee?, ¿por qué se lee?, ¿quiénes leen?, ¿qué se lee?, ¿cómo se lee?, ¿de dónde se obtienen los libros? Esta serie de preguntas ofician de guía para una reflexión atravesada por la imprescindible dimensión histórica, al tiempo que religa textos latinoamericanos a partir de los modos en que los lectores son convertidos en personajes del relato. Dice Zanetti que tal procedimiento, el de introducir al lector en la novela, ayuda al autor a exorcizar a esa figura fantasmática, deseada, a la vez necesaria y amenazante: "Colocado en la fábula, se le da la palabra al lector, al mismo tiempo que se lo manipula, se lo adula , se le teme, o se lo presenta obediente".

Las redes de lectura que trama Zanetti atraviesan tiempos y espacios disímiles y distantes. Comienzan con los protocolos de lectura de EL LAZARILLO DE LOS CIEGOS CAMINANTES y culminan con MORIRÁS LEJOS de José Emilio Pacheco y SÓLO LOS ELEFANTES ENCUENTRAN MANDRÁGORA de Armonía Somers para dar cuenta, al término del siglo XX, de la ruptura de viejos y cristalizados pactos de lectura.

En el marco que dibujan las disímiles y contrastantes experiencias de lectura y escritura de fines del siglo XVIII y del siglo XX, LA DORADA GARRA DE LA LECTURA hace centro en el siglo XIX. La autora se detiene en el examen, riguroso y exhaustivo, de las transformaciones en la representación del acto de leer y en los nuevos pactos de lectura que diferencian las letras coloniales de las republicanas.

Le interesa demostrar cómo, mediante la escenificación de la lectura, o bien, mediante la enumeración de los libros que formaban parte de la biblioteca de algún personaje como en la elección de los libros citados, las novelas intervenían públicamente en la discusión acerca de los modos de entender las funciones de los discursos y de la literatura, al mismo tiempo que gestionaban nuevas ciudadanías al polemizar sobre las responsabilidades cívicas de los lectores, de las dirigencias políticas y del Estado.

En EL PERIQUILLO SARNIENTO de José Joaquín Fernandez de Lizardi, MARTÍN RIVAS de Guillermo Blest Gana y AMALIA de José Mármol, se indaga sobre la significación de la lectura y del libro en la cultura liberal y los modos en que los intelectuales del siglo XIX "acudieron sobre todo al libro, como autores, críticos o difusores, y a la prensa, como fundadores, directores, redactores o cronistas". En ese marco se inserta la polémica a favor de los derechos femeninos a la educación y a la lectura y las resistencias a las mujeres autoras. En el fragor de la lucha emergen las figuras de la "mujer bachillera" y "la mujer republicana", modelos de mujeres libres que defienden su independencia.

El análisis de la marcha del proceso narrativo del sigo XIX , se detiene especialmente en MARÍA. A partir de la novela del colombiano Jorge Isaacs, la autora introduce el problema de los modelos, cuando MARÍA misma se convierte en modelo de novela americana y de conducta femenina.

En las escenas de lectura en MARÍA, especialmente de Chateaubriand, Susana Zanetti perfila la confluencia de los modelos románticos y prerrománticos a partir de los cuales la novela adquiere una tonalidad propia: la amalgama entre lo arcaico y lo emergente funda una escritura que establece un ambiguo puente entre la nostalgia y la promesa.

En el seno de la novela, y a través de páginas escritas "para hacer llorar al mundo", emerge el modelo arcaico de lectura en participación comunitaria. Dice Zanetti que "Las lágrimas de los personajes o del narrador se comparten, se mezclan, se confunden en el espacio social de la lectura, propiciando un sentimentalismo edificante, (...) se llora en familia, entre amigos, los enamorados bañan con lágrimas los retratos y las cartas de la amada, en suma, se articula un código amplio, cuyos matices regula el novelista, definiendo las lógicas de la comunicación lacrimógena, que pautan la historia de amor y la intimidad familiar".

Zanetti se interesa por los modos en que la visibilidad de lo sensible compromete a los cuerpos y cómo la lectura con su "don de lágrimas" impulsa el desborde sensual del cuerpo enamorado: "Lloró con María el mundo americano" -dice- y para certificarlo dispone de los testimonios de innumerables y prestigiosos lectores como los de Rubén Darío y Pablo Neruda. De este modo, la historia de lecturas de María parece deslizarse del modelo edificante hacia una "economía de las lágrimas" que la abre a otro espectro de lecturas.

"Lectoras y lectores de novela" subtitula Zanetti para referir al monumental enlace que su trabajo crítico realiza entre personajes literarios, en su mayoría pertenecientes a obras canónicas. Pero no todos los lectores son personajes de novelas, sino que algunos de ellos se vuelven personajes cuando la ensayista trama sus historias entre los pliegues del libro. Asidua visitante de archivos, bibliotecas y librerías de antiguos, Susana Zanetti, al igual que el famoso compilador de Roa Bastos, escruta papeles y legajos, y con esos materiales arrumbados en anaqueles olvidados, dispone la reformulación del canon latinoamericano al mismo tiempo que ofrece una serie de divertimentos para sus lectores. Son esos momentos en que el rigor de la investigación se topa con la fruición de la lectura y en la combustión de ambas zonas, LA DORADA GARRA oficia el cruce entre labor crítica y escritura.

Leyendo las cartas de Carmen Arriadaga se deleita, y nos deleita, con la gestión novelesca de una historia de amor entre la lectora romántica y el pintor alemán. De este modo, el capítulo dedicado a estudiar el apasionado epistolario de la chilena se vuelve germen para novelas futuras al confundir la historia de sus lecturas con su relación amorosa.

Cuando ingresa en los archivos de José María Gutiérrez, Susana Zanetti se juega en una humorada para desorientar nuestra lectura. Su escritura fabula un diálogo imaginario con el fundador de la crítica literaria argentina y sus prestigiosos corresponsales. Del abultado epistolario extrae citas y estructura un montaje donde su propia voz se confunde con las de Sarmiento, Alberdi, Varela y Echeverría. En la mitad del libro y a través de la ficcionalización de la lectura de un archivo, Zanetti pone en escena la notable circulación de libros y manuscritos entre las élites argentinas y chilenas a mediados del siglo XIX. Sin embargo, a un mismo tiempo, y sin ofrecer ninguna concesión a sus lectores, Zanetti oficia un desvío hacia otras moradas. Se trata del imprevisto ingreso en la territorialidad poética existente entre las lectoras y lectores de poesía hispanoamericana de la cual precisamente, José María Gutiérrez también cumple el papel de fundador. La tarea cumplida en la compilación de la AMÉRICA POÉTICA de 1846 es el motivo que ocasiona el homenaje al crítico argentino. En una época desgarrada por las luchas civiles, desvinculadas entre ellas las diversas regiones, desconocidos los autores fuera de sus fronteras, cuando no alejados de la propia tierra por razones políticas, Gutiérrez afianza los lazos de unión americana recopilando poemas y editando una antología.

Si el capítulo siete presenta dificultades para la lectura, no sólo se debe a nuestro desconocimiento de algunas de las anécdotas sobre las que gira la correspondencia de Gutiérrez. Susana Zanetti exige a sus lectores cuando, en el collage de citas del archivo del siglo XIX destellan los fragmentos de la América poética moderna. La complejidad del capítulo reside en el cruce alucinado de diferentes archivos de lectura: el archivo erudito que se empeña en la reconstrucción de los debates de las élites ilustradas del romanticismo se enreda con el archivo de la modernidad poética americana. Una exquisita lectora de poesía interviene en los intersticios del diálogo imaginario para poner en escena la otra red de lecturas a través la cual, también es posible explorar la fabulación de América. Sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que el poema de José Lezama Lima que ofrece el archivo funciona como clave para la lectura, no sólo del capítulo siete, sino de la totalidad el libro. Lo mejor de la crítica latinoamericana, desde José María Gutiérrez podríamos decir, ha centrado su labor en extender un puente, un gran puente que no se ve pero que anda sobre novelas y poemas. A través de la correspondencia de José María Gutiérrez, Zanetti recorta un objeto cuya diversidad de fragmentos acuden a su imán, para proseguir, ahora nosotros, con las imágenes lezamianas. Un puente que hace de los manuscritos y de los libros de la biblioteca "una fiesta innombrable". Y desde el archivo imaginario, se alza el quejido de un voz entre las sombras que conversan: "De todos lados, cartas de todos lados con poemas copiados, con retoques, con pedidos de libros y con envíos de libros, con Trabajo inagotable, incierto como esa América que nos expulsaba y nos recogía. ¿También aramos en el mar? [...] No, -se escucha responder- la América poética ara en tierra nueva, pero fértil".

Rosario, III Congreso Internacional de Teoría y Crítica Literaria, 15 de agosto de 2002.
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