Entrevistas
Estudio sobre dos siglos de lecturas (entrevista a Susana Zanetti
Por: Isabel Stratta
Fecha: 25/01/2003

Susana Zanetti tiene una larga experiencia como catedrática de literatura latinoamericana y es una autoridad en la materia. Pero antes de eso
trabajó en la industria editorial, como directora o partícipe de colecciones casi legendarias de Centro Editor y de Eudeba. Esos dos
perfiles se alían en una combinación muy singular en LA DORADA GARRA DE LA LECTURA, su segundo libro, un tratado sobre lectores y modos de leer que
recorre dos siglos.

Pregunta: Las historias de la literatura suelen poner en primer plano al escritor.
En LA DORADA GARRA DE LA LECTURA, usted pone en primer plano al lector,
tal como aparece representado en novelas y en cartas de los siglos XIX y
XX . ¿Qué busca en esas huellas del acto de leer?
Respuesta: Lo que yo hago es examinar, a través de esas figuras de lectores y
lectoras, ciertas cuestiones vinculadas con la constitución de un
"lectorado" y de una cultura letrada. Es un tema que en el nivel
latinoamericano no ha sido trabajado; existen trabajos sobre la historia
del libro y de las ediciones, pero sobre todo desde el punto de vista
cuantitativo. Y si bien el análisis de testamentos, listas de
suscriptores, avisos y catálogos, junto con los datos sobre
alfabetización, organizan un panorama de la historia de la lectura, no nos
dicen cómo los libros fueron leídos y usados para organizar sentidos.

P: Usted señala que en las escenas de lectura que hay en los libros se
encuentra cifrado un deseo del escritor sobre cómo se debe leer, o cómo él
quiere ser leído.
R: A veces, la escena de lectura también puede ser un clisé, un detalle en
la construcción de lo verosímil. Pero también se trata de un modo que los
escritores tienen de hacer hipótesis sobre ese desconocido que es el
público; es como un fantasma que quieren conjurar. Y es muy difícil que la
ficción presente a un lector que cierre el libro y diga ''esto es un
bodrio'', o ''me aburrí''. No existe eso. Pueden leer llorando o
reflexionando, pero siempre son lectores apasionados.

P: La asociación entre leer y llorar gozó en otro tiempo de muy buena salud,
según se ve en algunas "escenas de lectura" que usted recorre en su libro.
R: En el siglo XVIII se expande en Europa el placer del llanto, como piedra
de toque del valor de una novela y de la sensibilidad de su lector. La
lectura con lágrimas, presente en ficcionalizaciones americanas del siglo
XIX, es una herencia prerromántica, que asocia todavía sentimiento y
virtud. MARÍA de Jorge Isaacs, propone esa manera de ser leída. Ese
sentimentalismo edificante ayudó a la novela a difundirse, pese a que
también causaba resistencias su presentación -aunque velada- de la
sensualidad y el deseo.

P: Repartidas en decenas de novelas latinoamericanas, hay gran cantidad de
escenas de lectura de María, que llegan hasta LA TRAICIÓN DE RITA HAYWORTH
¿Eso habla de cómo se construye un clásico?
R: María fue por mucho tiempo el único libro que se leyó en todo el
continente, una especie de best seller del siglo XIX. El FACUNDO, pese a
lo que solemos creer, tardó mucho más en hacerse un clásico. MARÍA llegó a
estar en el Index; pero luego, dos tipos de razones, desde patrióticas (es
un "libro americano") hasta moralizantes (mantiene a los jóvenes alejados
de las novelas naturalistas, más "crudas") ayudaron a hacer del libro de
Isaacs un clásico escolar. Hay de todo, sin embargo: si uno lee LA MAESTRA NORMAL
de Manuel Gálvez, entregarse a esa lectura romántica es como un
paso en el camino de Raselda, la heroína, hacia la caída.

P: En muchas escenas de la ficción, la lectura de novelas aparece como un
acto peligroso, que las familias, la religión o la educación intentan
regular. ¿La novela fue en especial un género sospechado?
R: Eso vale en general para los libros, en ciertos períodos. Hay una tensión
fuerte. Por un lado está el problema de la línea ideológica; pero también
hay que tener funcionarios y tener una clase dirigente. Yo cito en el
libro el caso de Colombia, donde hubo casi una guerra civil alrededor de
qué se enseñaba en las aulas universitarias, sobre Bentham y Destutt de
Tracy. Sin embargo, episodios como ésos conviven, en el siglo XIX, con la
percepción de que hay textos imprescindibles para formar una clase
dirigente más o menos moderna.

P: ¿Un libro desataría hoy esas pasiones?
R: No de la misma manera. Probablemente algo de eso se dé en el campo
universitario. El cortar o mantener líneas de investigación, definir
ciertas colocaciones institucionales, son uno de los poderes que le deben
quedar al libro.

P: Como epígrafe de su libro, usted cita unos versos del MARTÍN FIERRO: "No
se ha de mojar el rancho/ Ande este libro esté" ¿Cómo interpreta esa
recomendación un tanto enigmática?
R: Es increíble, uno ha pasado cientos de veces por esos versos sin darse
cuenta. Presentan al libro como un techo... Es una especie de apelación a
la alfabetización, a la lectura, ligada seguramente, con los cambios que
hay entre la "Ida" y la "Vuelta".

P: Sin duda, a los libros se les atribuyen en el siglo XIX toda clase de
poderes..
R: Y no sólo en el siglo XIX. Yo en el libro me extiendo hasta Roberto Arlt
y hasta Lima Barreto -una especie de Roberto Arlt brasileño-, en quienes la
lectura, la posesión de los libros, su carencia, todo tiene efectos muy
fuertes.

P: Sarmiento, como se sabe, tenía confianza en los libros ¿incluía a las
novelas?
R: La visión de Sarmiento tiene distintas aristas. El veía que un folletín
como El Judío Errante prendía políticamente en la gente; tenía más peso
que un ensayo importante. Sarmiento ve cómo pesa esa lectura en la masa,
cómo organiza y genera pasiones. Le fascina esa posibilidad, pese a
algunas críticas al hechizo de los lectores. Por otra parte, él ve el
folletín (El Conde de Montecristo y otros que conoció en París) como un
peldaño, como una entrada para acceder a lecturas más serias.

P: ¿La novela como pedagogía?
R: Y en verdad yo creo que es así, que también pasa eso hoy. Cuando alguien
entra a una carrera, por ejemplo, tiene que leer libros gruesísimos.
Frente a un libro gordo uno tiene un problema de impotencia: ese libro va
a insumir una cantidad de horas, impone sus ritmos. La novela hace todo
eso, pero lo hace desde el placer.

Tomado de Clarín, Suplemento Cultura y Nación, 25 de enero de 2003.
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