Inéditos
Duchamp y los efectos de la paradoja
Por: Damián Tabarovsky
Fecha: 15/10/1999

(FRAGMENTO DE "DUCHAMP")

Apollinaire escribió una vez que la misión de Duchamp era unir el arte con el pueblo. Poco tiempo después Duchamp envió una carta a Picabia en la que trató de dejar claro el asunto: ?Apollinaire se volvió loco?.

Sucede que gran parte del secreto del éxito de Duchamp reside en haber usado a su favor un rasgo que en general es pernicioso para el arte: la inteligencia. Como es sabido, la inteligencia no es buena consejera para el arte ?son memorables las páginas de Proust contra los lectores inteligentes- pero en cambio sí lo es para los ingenieros, dentistas, analistas de sistemas, diseñadores gráficos, criadores de caballos, cocineros e incluso hasta para algunos intelectuales. Vaya situación, Duchamp era artista e inteligente. ¿Cómo superar el escollo?

Para desatar ese nudo, Duchamp dedicó una energía prodigiosa, un entusiasmo perdurable, una conducta prusiana, un misticismo religioso; en síntesis, dedicó su vida entera al cumplimiento puntilloso de una ley, la ley madre que guía su obra: la ley del menor esfuerzo.

Al fin y al cabo, qué más fácil, más rápido, más económico, que designar una rueda de bicicleta como obra de arte. Su truco consiste en haberlo hecho por primera vez (el truco del arte consiste en hacerlo siempre por primera vez). Con ese gesto, entre perezoso y radical, Duchamp renuncia a la inteligencia y nos induce a ver el mundo de otro modo. Picasso decía que el arte era 5% de inspiración y 95% de transpiración. Pues bien, para Duchamp el arte era 5% de inspiración y 95% de relajación.

El descubrimiento de la ley del menor esfuerzo tenía para Duchamp valor de novedad absoluta. Para él, de manera opuesta al surrealismo, la novedad no surge de la invención de un nuevo método (la escritura automática), o de la apropiación delirante de nuevas teorías (los sueños), sino que es el producto de una transformación lingüística, de un cambio en el empleo del tiempo, de una revolución cognitiva. Cómodo y vago, encontró el camino más corto para revolucionar el arte. Descubrió que ya no se trataba de crear obra nuevas (¿sentiría Duchamp el agobio de experimentar que ya todo había sido creado?), sino de modificar radicalmente el contexto de apreciación estética. Descubrió que lo nuevo es ante todo una nueva forma de ver y comprender. A diferencia del artista de vanguardia tradicional, que crea lo nuevo y luego se declara incomprendido, Duchamp cambió primero los cánones de comprensión, y luego se declaró como lo nuevo.
(...)

Es curioso, pero si extraemos fielmente las consecuencias del uso de la ley del menor esfuerzo, aplicadas al contexto del arte y la literatura actual, llegamos a una conclusión paradójica: quizás lo propio de la vanguardia hoy, ya no sea la creación de una novedad entendida como la primera vez; sino que es vanguardista quien escribe por primera vez lo ya escrito, quien hace por primera vez lo ya hecho, quien crea por primera vez lo ya creado. Quien logra extraer de la paradoja un efecto radical: un historicismo paradójico o un vanguardismo historicista.

Bajo el designio de la paradoja, el aprendizaje tiene más que ver con el olvido que con el recuerdo, la creación más con la desmemoria que con la conciencia, y la ética -la gran coartada de la memoria- más con el cambio que con la preservación.

La llamada crisis del arte, esa sensación que comparten buena parte de los críticos y artistas, de que la posibilidad de creación se ha encogido hasta su casi desaparición (para algunos, como acusa el crítico conservador Georges Steiner, debido a Duchamp) encuentra una posibilidad de superación gracias al cambio de sentido de la propia noción de novedad y ruptura. Se trata, otra vez, de transformar el contexto realizando el menor esfuerzo posible (cuando para dedicarse a la literatura hay que hacer un gran esfuerzo, significa que ganó el contexto).

Hay que inventar una literatura y un arte que cree novedad, ya no como lo hacían los vanguardistas de principios del siglo XX, es decir como una ruptura que borra las huellas del pasado; sino como la introducción de paradojas en los discursos existentes, en el discurso del presente. Una política literaria de vanguardia podría ser ésta: encontrar paradojas allí donde no se ven, introducirlas allí donde no están.

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