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Los dos payasos
Autor: César Aira
Colección: Ficciones
Segunda edición: 2004
Género: Nouvelle
Arte de Tapa: Daniel García

ISBN: 950-845-029-0
Año: 1995
Páginas: 64
Precio: $ 280
Exterior: U$S 19

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Argentina Exterior
En el circo, es el instante previo al Gran Final. Minutos más y el salto en la jaula del león de melena dorada colmará la promesa del circo: un poco de experiencia para que la vida valga la pena. Mientras tanto, las rejas crecen y los dos payasos ocupan el intermedio. Osvaldo Malvón y el Pibe, uno nalgudo y cruel, el otro flaco y desgarbado, entran a escena y el chiste que vimos representar mil veces se vuelve nuevo, por completo nuevo, por milésima vez. Entre el metal de los gritos y el estallido de los gestos, el chiste muestra que la parte invivible de la vida es la vida misma. De golpe, la representación se hace experiencia y la vida se hace real, muy real, demasiado real: nada, y a la vez todo el horror, toda la emoción y toda la sorpresa... Como si algo desconocido, entre el circo y la realidad, encarnara en ese entreacto. Hay que vivirlo, hay que hacer la experiencia. Cuando los dos payasos comienzan a hablar, un temor de otro orden se apodera de la platea.
Contenidos
FRAGMENTO. Si bien los payasos tienen varias intervenciones en la función, nos quedamos con una sola, la más larga. O mejor dicho, la más alargada; y esta extensión tiene su razón de ser en la mecánica del programa. Es un circo clásico, de gran aparato, más bien serio. La parte cómica es de relleno: los payasos, seis en total, aparecen entre un número y otro. Si alguien se tomara el trabajo, o tuviera la sangre fría o el distanciamiento para contarlas vería que las atracciones sucesivas son diez: malabaristas, ecuyère, perros futbolistas, mago, contorsionistas, elefante bailarín, trapecio volante, lanzador de cuchillos, equilibristas y domador. Van en ese orden, que no es casual: sigue una progresión bien calculada, o más bien dos progresiones consecutivas: hay una primera culminación con el trapecio, y tras una segunda serie, de riesgo creciente, viene el final y plato fuerte: los tigres y leones. Para éstos se arma una gran jaula: un muro de barrotes de tres metros de alto que da toda la vuelta a la pista. Adentro queda sólo el domador; arriba, en una sillita como la de los árbitros de tenis, un tirador experto con una carabina de caza mayor: el maestro de ceremonias explica que es una precaución por si alguno de los animales se vuelve loco y la vida del domador corre peligro. Pues bien, como el armado de esta jaula lleva un buen rato, los payasos llenan el hueco con su actuación más elaborada; está a cargo de sólo dos de ellos, y el protagonista, el llamado “Balón”, sólo aparece aquí. Esto último le da a su presencia un efecto de realidad del que carecen los otros payasos, que a lo largo de los otros ocho intermedios han hecho toda clase de papeles, incluyendo, típicamente, las imitaciones chapuceras de los infalibles artistas que se acaban de lucir. …
César Aira
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